▷ Crónica de mi VIEJO ROBLEDO [Capítulo 4] - Barrio Robledo Medellín

 

Fotografía: Susana Gallego.

Relatos de Barrio. ¡Serie Historiográfica!

▷ Crónica de mi VIEJO ROBLEDO [Capítulo 4] - Barrio Robledo Medellín

Por: Árlinson Gómez, Manuela Correa y Susana Gallego


Vistas desde una Robledo a la que solemos llamarle hogar; vistas de una Robledo repleta de sonrisas de niños, pelotas revoloteando y vecinas hablando con tapabocas de balcón a balcón; vistas de una Robledo que estudia, madruga, trabaja, monta en bus, suspira y se duerme; vistas de una Robledo que pelea, hace resonar las bocinas de los carros; vistas de una Robledo en la que se le hecha alcohol a las manos y al buche; vistas de una Robledo pintada de morado, de azul y de blanco; vistas de una Robledo llena de motas naranjas de las lámparas incandescentes; vistas de una Robledo tranquila; vistas de una Robledo distante, próxima y latente; vistas de una Robledo que habla, canta, juega, y sonríe; vistas de una Robledo que se disfrutan desde la casa de una abuela. 

Crónica de mi Viejo Robledo. Capítulo IV

Desde la casa que guarda la conexión de la familia, una casa que como muchas huele a chocolate, o a agua de panela, a caldo de gallina maggie, a cigarrillos lucky strike, ha guardado, y que parece un museo de la cantidad de cosas diminutas y finas guardadas en grandes chifoniers o escaparates, y que por supuesto están prohibidas, que si las tocas te metes en un problema. 

Esa casa donde en la mitad de la sala hay una biblia roja, gigante, abierta por el medio, forrada con un plástico transparente en un atril de madera de color wengue. Donde hay un montón de mesitas cubiertas con carpetas hechas del típico hilo blanco que con el pasar de los años ha adquirido un color entre amarillo y blanco, como desteñido, pero que van a conservar porque aún está “buena”, una casa donde el helado se acaba y en el envase vacío se guardan sopas o frijoles. 

Una casa donde los nietos entrabamos pesando 60 kg y salíamos de ahí con cerca de 5 kilos de más, donde la abuela, recibía a todos a cualquier hora y con la que quedábamos de salir algún día a x o y restaurante, una casa que era el punto de reunión predilecto después de la misa de doce los domingos, una casa donde a pesar de tener 30 años seguimos siendo los niños, donde las abuelas como ladrones profesionales pasan billetes de 5, 10, 20 y hasta 50 mil pesos para que nos compráramos “mecato”. 


Casa donde Doña Amparo viene a contar las peripecias de sus propios nietos, donde cada que reconoce a alguien afirma que alguna vez le cargó cuando era bebé. Casa donde Don Jesús o Don Alfonso dicen que los conocen desde que cabían debajo de aquella mesa o de cuando les llegaban hasta las rodillas, de cuando jugaban con carritos o de cuando se ensuciaban la cara y la ropa comiéndose un simple helado. 


La casa de la abuela tiene recuerdos de peleas que terminaron en pelas, de chismes de cuando a la vecina le llevaban serenata, de cuando el vecino borracho pasaba cantando a las 3 a.m con una botella de cerveza en la mano, de cuando se chocaron al frente dos motos y se agarraron a pelear por un espejo roto, recuerdos del trasteo que se entró por el balcón, y la celosía que se quebró por un pelotazo, del balón en el techo que jamás recuperamos, y la vecina que a las 9:30 pm nos tiraba baldazos de agua fría por el balcón porque no dejábamos dormir.


Y ahora desde la terraza con una taza de agua panela puedo tomar las fotos que han visto allá arriba y me pongo a pensar todo lo que este barrio ha visto de mí, mis primeros amores, mis primeras desventuras, mis primeros timbres tocados de casas ajenas, mis primeras salidas con amigos, mis primeros castigos por mentiroso o a la primera vez que me monte en el bus en mil por la de atrás. 

Robledo es como una amiga vieja que me ha visto crecer y sinceramente la sabía y vieja Robledo aún tiene mucho que contar. 

Y en medio de este soliloquio me ha dado por pensar… ¿y si volviéramos a Robledo una persona?, creo que definitivamente sería una mujer, una robusta, una morena, corpulenta, con cicatrices y arrugas bastante marcadas de los 79 años de historia que le han tocado vivir, sus ojos serían marrones con algunos tintes ámbar, así como se ve el tinto recién hecho, y claro no sería por otra cosa que por los genes cafeteros que corren por sus venas, de esos que llegaron y se asentaron en Robledo después de que el poblado del Tambo de Aná fuera arrasado por la creciente de la Iguaná, sería madre e incluso abuela. 

Uno, tres, cinco, o hasta Siete hijos podría haber tenido Doña Robledo, y los habría criado en esas casas blancas que tenían piso de cuadros pequeños amarrillos y rojos, y que por fuera estaban rodeadas por una baranda de madera, que eran de puertas abiertas, y de ventanas grandes. Y sus hijos, por no hablar de sus nietos, quizás se habrían casado o habrían hecho la primera comunión por tradición en Nuestra Señora de los Dolores.